She lies and says she’s
in love with him, can’t find a better man… She dreams in color,
she dreams in red, can’t find a better man… ("Better man" - Pearl Jam)
Recostada sobre la cama, la veía fingir que estaba contenta. Sí, ella
me hacía pensar que eso era lo que quería, que la vida que estaba teniendo era
la que soñó. Me lo hacía creer pero al mismo tiempo ya me había dicho que no.
Eso ocurrió un día, el primero que salimos a pasear, cercano al 25 de
diciembre. Mientras los nervios aumentaban, los temas de conversación disminuían,
así que le pregunté: ¿qué quieres para Navidad?
‘Felicidad’. No sé si fue exactamente así como lo dijo, pero así lo
recuerdo. Entonces, antes que terminara de pronunciar su respuesta, me propuse darle
lo que quería. No iba a ser fácil, teniendo en cuenta que lo que quería no se
consigue en una tienda por el precio que sea, pero me encantaba la idea de
hacer feliz a la persona que, en ese momento, empezaba a querer para el resto
de mi vida.
Fue así que, desde ese momento, viví engañado. ¿Por qué? Ahora ya no lo
sé, pero antes de casarnos, descubrí la mentira en la que nos estábamos
metiendo. Exactamente, no la descubrí, pues ella misma me lo dijo: ‘Cuando nos
casemos ya no tendrás que preocuparte por mí, ya no habrá marcha atrás. Ya seré
tu mujer, y me tendrás para ti. Si no me has dado atención ahora, menos lo
harás cuando tengas la certeza de que soy tuya’.
En ese momento, pensé en lo infeliz que era conmigo, y le dije que no
era justo. ‘Ahora tienes tiempo de terminar con esto’, le dije, pero solo me
contestó diciéndome que no la fastidie. ‘Me voy a casar’, sentenció.
¿Por qué razón habría de hacerlo? Si una mujer no me quiere,
definitivamente, no me caso con ella, pensaba en ese momento. Pero ahora creo
entenderla. Ella quería cambiarme, hasta ahora, que la veo fingir estar
sumergida en un sueño, sé que piensa en qué ha fallado para merecer una vida
conmigo.
Tal vez, lo mejor que hubiera hecho en ese momento en que éramos jóvenes,
habría sido no presentarme a la boda, pero yo no quería dejarla. Yo quería ser
para ella. El problema fue, y es hasta hoy, que quizás nunca lo fui.
Ella siempre me decía que no le prestaba atención, y yo siempre creía
que no me merecía. La vi llorar muchas veces por mi culpa, y no lo soportaba.
Claro, quería consolarla, pero cuándo alguien que violenta la tranquilidad de
una persona, puede convertirse en su pacificador. Por eso nunca pude
reanimarla. Yo era el agresor de su alma, ella era la víctima de mis acciones,
palabras y gritos.
No, nunca la golpeé. Lo que hice fue peor: herirla en sus pensamientos,
en sus ilusiones, en sus sueños de tener una vida conmigo. Le di donde más le
dolía, y cuando pude irme de su lado para, finalmente, intentar que sea feliz
de verdad, no lo hice. Firmé el acta de nuestro matrimonio.
Prometí amarla, respetarla y cuidar de ella hasta el fin de mis días. Y
desde ese día, no duermo.
Abro los ojos cuando siento que ella ya finge estar dormida, y la veo
con una tranquilidad tan bien disimulada. Como hoy, que la veo con su cara
sobre la almohada, de espaldas hacia mi lado de la cama, y pienso en la muestra
de amor más grande que pude darle y que no le di.
‘Ya no te voy a fastidiar’, le había dicho cuando me pidió que deje de
hacerlo, agregando que se iba a casar. Después nos casamos, tuvimos una Luna de
Miel, donde ella comenzó a asimilar con mayor determinación, que su vida feliz
que había deseado hace unos años, cuando salimos por primera vez, se difuminaba
por completo.
No fui un buen hombre para ella, a pesar que las atenciones que le daba
aumentaron considerablemente, después de la boda. La seguí amando, claro. Hasta
ahora la amo, pero ya no había marcha atrás para recuperar su ilusión. Ella
estaba con su esposo, yo, solo porque así lo quiso, y porque me quería, pero
nada más. Ya no tenía ese brillo en los ojos que noté el día que me pidió ‘felicidad’,
pues lo único que brillaba debajo de sus párpados eran las lágrimas que la
hacía botar.
Y hoy, sigue siendo así. No solo decidí acabar con mi vida, sino que se
lo dije, y no me creyó. Pensó que no había podido ser tan mala en sus intentos
por cambiarme, e intentó calmarme con un beso, que luego abrió paso a una
rutina de amor. Pero la decisión ya estaba tomada.
– Voy por un vaso de agua, ¿te traigo?
– No te gusta el agua –me respondió.
– Sí me gusta. Ahora me gusta. Ahora quiero cambiar mi vida. Quiero ser
alguien saludable para ti.
– Estás loco… mejor tráeme un vaso de jugo. Hacé eso por mí –me dijo
fingiendo un dejo argentino.
– Claro, querida. Un vaso de jugo para mi esposa, porque eso la haría
feliz.
Me puse unas sandalias, agarré una bata, y me fui a la cocina. Corté la
fruta, encendí la licuadora, y metí los trozos ahí. Puse mis manos en los
bolsillos de la bata que traía puesta y hallé un lapicero.
Me asomé a la habitación mientras se hacía el jugo, cogí un papel de la
mesa, y la miré echada en la cama, fingiendo ser feliz. Entonces, comencé a
escribir esto, quería recordar cada una de las cosas que pasaban por mi mente
en ese momento en que la miraba por última vez. Entonces, recordé que la quería
hacer feliz desde la primera vez que salimos. Y aquí estoy ahora. A punto de
terminar de hundir el cuchillo con el que partí las frutas, en mi estómago. ‘Ya
no te voy a fastidiar’, lo prometo.
[04.12.¿?]
