miércoles, 4 de diciembre de 2013

Voy por un vaso de agua









She lies and says she’s in love with him, can’t find a better man… She dreams in color, she dreams in red, can’t find a better man… ("Better man" - Pearl Jam)

Recostada sobre la cama, la veía fingir que estaba contenta. Sí, ella me hacía pensar que eso era lo que quería, que la vida que estaba teniendo era la que soñó. Me lo hacía creer pero al mismo tiempo ya me había dicho que no.

Eso ocurrió un día, el primero que salimos a pasear, cercano al 25 de diciembre. Mientras los nervios aumentaban, los temas de conversación disminuían, así que le pregunté: ¿qué quieres para Navidad?

‘Felicidad’. No sé si fue exactamente así como lo dijo, pero así lo recuerdo. Entonces, antes que terminara de pronunciar su respuesta, me propuse darle lo que quería. No iba a ser fácil, teniendo en cuenta que lo que quería no se consigue en una tienda por el precio que sea, pero me encantaba la idea de hacer feliz a la persona que, en ese momento, empezaba a querer para el resto de mi vida.

Fue así que, desde ese momento, viví engañado. ¿Por qué? Ahora ya no lo sé, pero antes de casarnos, descubrí la mentira en la que nos estábamos metiendo. Exactamente, no la descubrí, pues ella misma me lo dijo: ‘Cuando nos casemos ya no tendrás que preocuparte por mí, ya no habrá marcha atrás. Ya seré tu mujer, y me tendrás para ti. Si no me has dado atención ahora, menos lo harás cuando tengas la certeza de que soy tuya’.

En ese momento, pensé en lo infeliz que era conmigo, y le dije que no era justo. ‘Ahora tienes tiempo de terminar con esto’, le dije, pero solo me contestó diciéndome que no la fastidie. ‘Me voy a casar’, sentenció.

¿Por qué razón habría de hacerlo? Si una mujer no me quiere, definitivamente, no me caso con ella, pensaba en ese momento. Pero ahora creo entenderla. Ella quería cambiarme, hasta ahora, que la veo fingir estar sumergida en un sueño, sé que piensa en qué ha fallado para merecer una vida conmigo.

Tal vez, lo mejor que hubiera hecho en ese momento en que éramos jóvenes, habría sido no presentarme a la boda, pero yo no quería dejarla. Yo quería ser para ella. El problema fue, y es hasta hoy, que quizás nunca lo fui.

Ella siempre me decía que no le prestaba atención, y yo siempre creía que no me merecía. La vi llorar muchas veces por mi culpa, y no lo soportaba. Claro, quería consolarla, pero cuándo alguien que violenta la tranquilidad de una persona, puede convertirse en su pacificador. Por eso nunca pude reanimarla. Yo era el agresor de su alma, ella era la víctima de mis acciones, palabras y gritos.

No, nunca la golpeé. Lo que hice fue peor: herirla en sus pensamientos, en sus ilusiones, en sus sueños de tener una vida conmigo. Le di donde más le dolía, y cuando pude irme de su lado para, finalmente, intentar que sea feliz de verdad, no lo hice. Firmé el acta de nuestro matrimonio.

Prometí amarla, respetarla y cuidar de ella hasta el fin de mis días. Y desde ese día, no duermo.

Abro los ojos cuando siento que ella ya finge estar dormida, y la veo con una tranquilidad tan bien disimulada. Como hoy, que la veo con su cara sobre la almohada, de espaldas hacia mi lado de la cama, y pienso en la muestra de amor más grande que pude darle y que no le di.

‘Ya no te voy a fastidiar’, le había dicho cuando me pidió que deje de hacerlo, agregando que se iba a casar. Después nos casamos, tuvimos una Luna de Miel, donde ella comenzó a asimilar con mayor determinación, que su vida feliz que había deseado hace unos años, cuando salimos por primera vez, se difuminaba por completo.

No fui un buen hombre para ella, a pesar que las atenciones que le daba aumentaron considerablemente, después de la boda. La seguí amando, claro. Hasta ahora la amo, pero ya no había marcha atrás para recuperar su ilusión. Ella estaba con su esposo, yo, solo porque así lo quiso, y porque me quería, pero nada más. Ya no tenía ese brillo en los ojos que noté el día que me pidió ‘felicidad’, pues lo único que brillaba debajo de sus párpados eran las lágrimas que la hacía botar.

Y hoy, sigue siendo así. No solo decidí acabar con mi vida, sino que se lo dije, y no me creyó. Pensó que no había podido ser tan mala en sus intentos por cambiarme, e intentó calmarme con un beso, que luego abrió paso a una rutina de amor. Pero la decisión ya estaba tomada.

– Voy por un vaso de agua, ¿te traigo?
– No te gusta el agua –me respondió.
– Sí me gusta. Ahora me gusta. Ahora quiero cambiar mi vida. Quiero ser alguien saludable para ti.
– Estás loco… mejor tráeme un vaso de jugo. Hacé eso por mí –me dijo fingiendo un dejo argentino.
­– Claro, querida. Un vaso de jugo para mi esposa, porque eso la haría feliz.

Me puse unas sandalias, agarré una bata, y me fui a la cocina. Corté la fruta, encendí la licuadora, y metí los trozos ahí. Puse mis manos en los bolsillos de la bata que traía puesta y hallé un lapicero.

Me asomé a la habitación mientras se hacía el jugo, cogí un papel de la mesa, y la miré echada en la cama, fingiendo ser feliz. Entonces, comencé a escribir esto, quería recordar cada una de las cosas que pasaban por mi mente en ese momento en que la miraba por última vez. Entonces, recordé que la quería hacer feliz desde la primera vez que salimos. Y aquí estoy ahora. A punto de terminar de hundir el cuchillo con el que partí las frutas, en mi estómago. ‘Ya no te voy a fastidiar’, lo prometo.



[04.12.¿?]