Al finalizar noviembre de 2010, no imaginaba que apenas un año después
estaría viviendo lo que ahora me ha tocado disfrutar. Por ese tiempo, era difícil
imaginar que mi vida pudiera encontrar una pequeña parte, al menos, de la
felicidad que siento ahora.
Recuerdo que hace un año mis días no eran los mejores. Empezar en un
nuevo trabajo luego de ser separado de otro era un aliciente, pero no lograba
sentirme del todo cómodo con mi nueva rutina. “Es solo una etapa de transición”,
pensaba, mientras me dirigía de regreso a mi casa cuando terminaba mi jornada
laboral a las 5 de la tarde.
Caminar por las calles aledañas a mi nuevo trabajo me gustaba por alguna
razón desconocida. Lo que me hace pensar que a casi todo lo que me gusta no le
encuentro una explicación. En fin, decía que caminar por esas calles me
gustaba. Ya había pasado miles de veces por ahí en años anteriores, pero nunca
imaginé que esas veredas que pisaba a los 15 ó 16 años, en el futuro formarían
parte de mi ruta de salida del trabajo.
A veces solía sentarme en la banca de un parque a dejar que el tiempo
pase. “Esta transición debe servirme para hacer a un lado las preocupaciones”,
meditaba al sentir cómo el aire golpeaba mi rostro a su paso. Eran los últimos
suspiros de una primavera, que le cedía espacio a un verano que jamás pensé
terminaría por enamorarme.
En noviembre del año pasado no era fácil caminar y verme sorprendido
por un recuerdo que me haga sonreír. No es que mi vida haya sido triste, solo
que, al parecer, los buenos recuerdos habían quedado tan atrás que ya no
asomaban a mi mente con frecuencia.
Si alguna vez lo llegaron a hacer, puedo decir que no fueron nada
parecidos con los que hoy, por ejemplo, hicieron que mi boca se estire por ambos
lados con dirección hacia arriba, y que mis pómulos parecieran llenarse de
aire, subiendo ligeramente hacia mis ojos, que por ese movimiento lucían
achinados.
Esos días de noviembre eran extraños, pero yo no me daba cuenta. Solo
intentaba sobrevivir de la mejor manera. “Es una transición hacia algo mejor”,
me repetía constantemente durante el tiempo que duraban mis caminatas. A veces
me alejaba más de la cuenta para no llegar a casa tan rápido, a pesar de saber
que mi madre estaría esperándome con un plato de comida y con ganas de
conversar conmigo de lo que sea.
Y me alejaba porque quería sentirme distraído, porque quería respirar
el inicio de la noche desde calles desconocidas. Pero ocurría que mis
distracciones no eran siempre las más convenientes en ese momento. Pensaba, por
ejemplo, en los temas que me preocupaban, es decir, el dinero, el trabajo y
esas cosas. No pensaba en lo que estaría por llegar unos días después… es que,
cómo hacerlo, si toda la felicidad que llegó luego jamás la hubiera esperado.
Caminar por las mismas calles que hace un año, ahora solo me hace pensar
en lo feliz que soy al lado de una chica maravillosa. Una chica que no asomaba
por mis pensamientos por esos días, pero que ahora no deja de estar presente y
llena mi vida de felicidad a cada segundo.
A veces, como hoy, pienso en cómo me iba en noviembre de 2010, y me parece
tan radical el cambio que pude experimentar en apenas un año, que no dejo de
sorprenderme. Este noviembre, incluso, me ha regalado días de lluvia, que el
año pasado no podía siquiera prestarme por unos segundos. Este noviembre he
podido disfrutar de momentos inolvidables, como el hecho de dormir abrazado a
mi chica por unos minutos, verla despertar y darle uno de los mejores besos que
recuerde.
Las cosas que he vivido en este noviembre han sido maravillosas, como lo
ha sido todo el tiempo desde que estoy con ella. Por eso, pensar y recordar
noviembre pasado es como si me pusiera a hablar de una vida lejana, tan lejana
como lo eran mis recuerdos felices en ese tiempo.
[23.11.2011]
