¿Por qué me gusta agosto? Porque es un mes de invierno, frío, con mucho viento, con noches de niebla, con lluvia... y a veces se puede ver la Luna.
Siempre he pensado que los días de invierno en los que no llueve no deben ser llamados así, porque para mí, un invierno sin lluvia, una noche invernal sobre todo, puede ocurrir en cualquier otra estación y siempre luce igual.
Sin embargo, aunque en la noche de ayer no haya habido lluvia, mas sí una grande y hermosa luna, puedo decir que fue una noche perfecta, de esas que van a quedar en la memoria para siempre y que, por una grata coincidencia de la vida, tuvo lugar en pleno agosto.
Siempre he pensado que cuando se hace planes, las cosas nunca salen como uno las espera. Y al parecer eso fue lo que nos sucedió a nosotros. Todo estaba saliendo bien, los planes estaban dando resultado, estábamos a segundos de empezar una noche maravillosa, pero algo salió mal. No fue tu culpa, tampoco mía. Fue esa frase con la que empecé este párrafo la que no quiso dejar de ser cierta y nos sorprendió en el momento menos indicado.
Entonces tuvimos que enfrentarla. Bajo la presencia de la luna algo cubierta por la niebla, tú y yo pensando en el porqué sin respuesta de esa situación. No era el fin del mundo, no, no lo era, pero ese momento bien que lo parecía.
Por eso, luego, nuestras preocupaciones, pensaba, son como esa capa de niebla que cubre la belleza de la luna llena, que no la deja ser admirada en su total brillantez, pero que está ahí, presente, para recordarnos que si nos esforzamos un poco en esparcirlas, no en borrarlas, tan solo haciéndolas a un lado por esa noche, podríamos terminar descubriendo algo hermoso.
No sé si lo entendimos de ese modo. Puede que lo haya pensado, pero no te puedo asegurar que hice lo que pensaba, al menos no de manera consciente. Simplemente, me gustaría decir que, lo que sucedió luego, así como lo que nos había pasado, fue algo que
escapó de los planes.
Aunque esta vez fue diferente. Ya no se trataba de una sorpresa tormentosa, sino de lo increíblemente bello que puede llegar a ser un hecho inesperado, un momento que había imaginado, sí, pero no para ese día.
Yo quería que fuera en una noche de lluvia, ambos mirándonos, abrazados, sintiendo suaves gotas caer en nuestros rostros. Pero no, esa noche me había enseñado que las cosas perfectas no se planifican, por eso debía hacerlo ya, de una vez. Entonces, me ayudaste a que así sea.
¿Cuánto es un montón?, me preguntaste. Un montón, te respondí. Fue tonto, lo sé, pero también me di cuenta que me entendías, que sabías lo que vendría. Sentía en ti una especie de paciencia por mis nervios, que en ese momento iban cargados de mucha emoción.
Entonces supe que no debía perder más tiempo, que ya había sido suficiente tu espera, que ese era el momento, que ya no había que buscar la lluvia, que la perfección estaba ahí, con la luna en alguna parte, con tus ojos puestos en los míos, con los míos un tanto huidizos pero muy quietos en los tuyos al liberar, después de unos segundos de silencio, las palabras que explicaran el montón que nos hacía falta definir.
Y fue ahí cuando lo dije. Mas antes de pensar en otra cosa, busqué abrazarte. Tal vez no quería pensar en algo, solo quería abrazarte, insertarme en el mundo que me acogía en tus brazos, refugiarme allí, sentirte cerca mío, transmitirte a través de mis brazos, del contacto de nuestros cuerpos, todo lo que encerraba esa frase que te acababa de decir.
Temía que no me creas, pero igual iba a temer eso cualquier otro día. Entonces, quizás, recordé que era una noche de agosto, con la luna en el cielo del mes que me gusta. Era una noche perfecta a pesar de la escasez de la lluvia, de lo que sucedió al principio, de los miedos que poco a poco se iban transformando en una serie de magia absoluta que me encantó descubrir al oír tus palabras.
En ese mismo instante pensé que había sido un tonto. No debí haber temido nada. Estaba seguro del sentimiento que albergaba por ti. ¿Por qué temer decirlo, entonces? No lo sé. Así soy yo. Te amo y es tan genial sentir que te amo. Es tan perfecto decir que te amo. Es tan grandioso escucharte decir "te amo".
Ambos lo sabemos ahora. Me siento más que feliz, completo. ¿Hace falta preguntar por qué, entonces, me gusta agosto? Ya no es por sus vientos, por su niebla, por sus gotas de lluvia, por su luna invernal. Es por ti, por esa noche llena de emociones que me regalaste. Por esas primeras horas del día siguiente que pasamos. Por todo esto que vivimos hoy y que es el nuevo inicio de nuestra vida siempre juntos. Una vida que ambos confiamos, podemos lograr.
[14.08.2011]
Siempre he pensado que los días de invierno en los que no llueve no deben ser llamados así, porque para mí, un invierno sin lluvia, una noche invernal sobre todo, puede ocurrir en cualquier otra estación y siempre luce igual.
Sin embargo, aunque en la noche de ayer no haya habido lluvia, mas sí una grande y hermosa luna, puedo decir que fue una noche perfecta, de esas que van a quedar en la memoria para siempre y que, por una grata coincidencia de la vida, tuvo lugar en pleno agosto.
Siempre he pensado que cuando se hace planes, las cosas nunca salen como uno las espera. Y al parecer eso fue lo que nos sucedió a nosotros. Todo estaba saliendo bien, los planes estaban dando resultado, estábamos a segundos de empezar una noche maravillosa, pero algo salió mal. No fue tu culpa, tampoco mía. Fue esa frase con la que empecé este párrafo la que no quiso dejar de ser cierta y nos sorprendió en el momento menos indicado.
Entonces tuvimos que enfrentarla. Bajo la presencia de la luna algo cubierta por la niebla, tú y yo pensando en el porqué sin respuesta de esa situación. No era el fin del mundo, no, no lo era, pero ese momento bien que lo parecía.
Por eso, luego, nuestras preocupaciones, pensaba, son como esa capa de niebla que cubre la belleza de la luna llena, que no la deja ser admirada en su total brillantez, pero que está ahí, presente, para recordarnos que si nos esforzamos un poco en esparcirlas, no en borrarlas, tan solo haciéndolas a un lado por esa noche, podríamos terminar descubriendo algo hermoso.
No sé si lo entendimos de ese modo. Puede que lo haya pensado, pero no te puedo asegurar que hice lo que pensaba, al menos no de manera consciente. Simplemente, me gustaría decir que, lo que sucedió luego, así como lo que nos había pasado, fue algo que
escapó de los planes.
Aunque esta vez fue diferente. Ya no se trataba de una sorpresa tormentosa, sino de lo increíblemente bello que puede llegar a ser un hecho inesperado, un momento que había imaginado, sí, pero no para ese día.
Yo quería que fuera en una noche de lluvia, ambos mirándonos, abrazados, sintiendo suaves gotas caer en nuestros rostros. Pero no, esa noche me había enseñado que las cosas perfectas no se planifican, por eso debía hacerlo ya, de una vez. Entonces, me ayudaste a que así sea.
¿Cuánto es un montón?, me preguntaste. Un montón, te respondí. Fue tonto, lo sé, pero también me di cuenta que me entendías, que sabías lo que vendría. Sentía en ti una especie de paciencia por mis nervios, que en ese momento iban cargados de mucha emoción.
Entonces supe que no debía perder más tiempo, que ya había sido suficiente tu espera, que ese era el momento, que ya no había que buscar la lluvia, que la perfección estaba ahí, con la luna en alguna parte, con tus ojos puestos en los míos, con los míos un tanto huidizos pero muy quietos en los tuyos al liberar, después de unos segundos de silencio, las palabras que explicaran el montón que nos hacía falta definir.
Y fue ahí cuando lo dije. Mas antes de pensar en otra cosa, busqué abrazarte. Tal vez no quería pensar en algo, solo quería abrazarte, insertarme en el mundo que me acogía en tus brazos, refugiarme allí, sentirte cerca mío, transmitirte a través de mis brazos, del contacto de nuestros cuerpos, todo lo que encerraba esa frase que te acababa de decir.
Temía que no me creas, pero igual iba a temer eso cualquier otro día. Entonces, quizás, recordé que era una noche de agosto, con la luna en el cielo del mes que me gusta. Era una noche perfecta a pesar de la escasez de la lluvia, de lo que sucedió al principio, de los miedos que poco a poco se iban transformando en una serie de magia absoluta que me encantó descubrir al oír tus palabras.
En ese mismo instante pensé que había sido un tonto. No debí haber temido nada. Estaba seguro del sentimiento que albergaba por ti. ¿Por qué temer decirlo, entonces? No lo sé. Así soy yo. Te amo y es tan genial sentir que te amo. Es tan perfecto decir que te amo. Es tan grandioso escucharte decir "te amo".
Ambos lo sabemos ahora. Me siento más que feliz, completo. ¿Hace falta preguntar por qué, entonces, me gusta agosto? Ya no es por sus vientos, por su niebla, por sus gotas de lluvia, por su luna invernal. Es por ti, por esa noche llena de emociones que me regalaste. Por esas primeras horas del día siguiente que pasamos. Por todo esto que vivimos hoy y que es el nuevo inicio de nuestra vida siempre juntos. Una vida que ambos confiamos, podemos lograr.
[14.08.2011]
